EL ENLUNADOR DE VERSOS


de Cecilia Maurig

EL ENLUNADOR DE VERSOS

I

Alguien más

quiso hablar

de la luna.

Amoroso quehacer,

ilusión.

Pregonero oficial

de la dama,

fiel cronista

de añeja pasión.

Enlunando

sus versos

camina.

Nunca llega,

pero dice adiós.

La estación

se borró

o la escondieron

las hazañas

del hombre

sin sol.

II

Cuando el insomnio

la abraza,

ella teje en su telar

un tapiz azul celeste,

un pedacito de mar.

El día que lo termine

dicen que se va a casar

pero no con un marino,

tal vez con algún juglar

que le recite el romance

de la luna en el pinar,

de la luna enlunadita,

romance sentimental.

III

Con esmero

se maquilla,

con desdén

aleja al sol

y con quitasol

al hombro

va a descorrer

el telón

de una nueva

noche negra,

de una mágica función.

IV

Caldero: espejo de luna,

transparente, almidonado.

Bate la bruja

el guisado,

ya la imagen

se ha borrado.

Cuando la luna

se asome,

con las primeras

estrellas,

preguntará desolada

¿cuál de las dos

es más bella?

V

La niña tiene corona,

corona de media luna.

La consiguió la otra noche

cuando recibió la ayuda

de un pino ya resignado

de tantos ruegos y súplicas.

Radiante, ya coronada

recorre el bosque en penumbras,

pero una pena se cuela

en semejante negrura.

Añoranza anacarada,

penita de media luna.

VI

La luna

esconde un lunar

con su pañuelo

de seda.

Cubre su escote

del viento

que caprichoso

y violento

lo quiere ver asomar.

Esa pizca de canela

que no se deja mirar,

ese adorno diminuto

que ella no quiere mostrar,

piensa desplazar un día

a la enorme claridad.

VII

Llueven lágrimas de luna.

No es luna de temporal,

solo emoción que destila

cuando se acuerda del mar.

VIII

La luna

entre las botellas

la espiaba

anonadada.

Espejos tornasolados

y un conjuro develado.

Ventana cómplice,

muda,

abre sus brazos

con duda

y despide a la doncella

que hoy eligió ser estrella.

IX

Excéntrica como pocas

se enojó con las ardillas

porque no recolectaron

ese manjar esperado.

Con la canasta vacía

las sorprendió el nuevo día

sin encontrar ni una mora

para el primer té de la aurora.

X

Los armarios de la luna

ya no se pueden cerrar

por tantos trajes que guarda,

nunca repite su ajuar.

-Si no volverás a usarlos

¿por qué no me regalás

aquél vestido celeste

que usaste en el olivar?

Casi le gritó indignada,

una sirena del mar.

-Imposible queridita,

tengo la exclusividad,

mis modistas son dos musas

que me vienen a probar

en noches de luna llena

los modelos a estrenar.

-Vos serás luna lunera

y yo sirena del mar,

por más que vistas encajes

mi cola nunca tendrás,

más plateada en luna nueva

que toda tu enorme faz.

Y allí se fue altanera,

la sirena con mantilla,

la luna desde su silla

la contempló envidiosa.

-¡Qué bien combina el plateado

con esa mantilla rosa!

XI

Luna que huele sabores

llegados desde el nogal,

ardilla cocina scones

para el té que va a tomar.

Amasó panes de queso

y masitas de limón

perfumando de vainilla

al bosque que despertó.

Luna que asoma su hambre

entre nubes de tormenta,

ardilla la ve bajar,

candil de perla coqueta.

Ya la ayuda a acomodarse,

ya le acerca la tetera

y como es buena anfitriona

la invita a merendar con ella.

Noche sin luna en el cielo

y un nogal iluminado.

Delicadeza de ardilla,

luna que se ha suavizado.

XII

Luz lila,

late luna.

Liga

luciérnagas.

Lee la luna.

XIII

Luna suavecita,

arrorró sin sol,

espío tu cara,

descanso en tu voz.

Canción que me cantan

y aprendí a cantar,

en noches de luna

es fácil soñar.

XIV

La luna

es de los poetas.

Musa altiva

y expectante.

Claridad amenazante.

A media voz

y sin sueño

pregunto a la oscuridad

¿las estrellas

tienen dueño?

XV

La luna

duerme la siesta

con camisón amarillo,

cuando a lo lejos

un grillo,

la despierta

con su canto.

Enlunada, algo nerviosa,

les pide

a las mariposas

que hagan callar

al ingrato

que osó cortar sueños rosas

esa tarde calurosa.

XVI

Caricias de luna

se dejaron ver

cuando hoy

el naranjo

volvió a florecer.

XVII

La luna

toma café

en taza

de porcelana.

Delicadeza liviana,

ritual

de todas las noches.

Hasta que llega

su coche

con el sol

de la mañana.

XVIII

En la biblioteca

se esconde la luna

y lee sonetos

que le hablan de amor.

Amores de luna

de toro y de río,

amores distantes,

no correspondidos.

Lee los versos callada,

con lentes verde ansiedad

porque su corazón reclama

aquel verso que no está.

Aquel que cante la historia

de su inmensa soledad,

de tantas noches sin luna

en que se va a refugiar

a ese otro cielo de libros

donde pretende encontrar

un amor redondo y claro

un amor sentimental,

Un amor enlunadito

que la venga a rescatar.

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